domingo, 8 de julio de 2012

Nunca he dejado de saber qué hacer, mi problema siempre fue cómo hacer.



Estoy amarrada a recuerdos, a días en los que sus besos eran la motivación para seguir sonriendo, días en los que sus abrazos alejaban el miedo, noches en las que sus caricias le daban vida a mi cuerpo. Siempre encontraba refugio en sus ojos, era mi rincón favorito. Esa era mi eternidad, contemplarlo, sentirlo, vivirlo, amarlo.

Los días pesaban, detrás de una sonrisa se empezó a esconder la rutina, la desgana. Los días se volvieron grises, oscuros, y las noches no eran más que lamentos, lágrimas, gritos silenciosos.

Alguna vez le dije que lo iba amar hasta que me doliera todo, aquí me encuentro, medio rota, con un dolor en el alma, con unos ojos llenos de nostalgia, con unas manos llenas de ausencia, con unos labios llenos de silencio. Colgando de una ilusa esperanza, esperando y desesperando.

Nunca he dejado de saber qué hacer, mi problema siempre fue cómo hacer.
Cómo quitarme esta opresión en el pecho, cómo dejar de sentirlo en cada esquina, en cada noche en la que cuatro paredes me abren la memoria, me desgarran, me dejan sola, al frente de promesas que ya no se podrán cumplir.