Estoy
amarrada a recuerdos, a días en los que sus besos eran la motivación para
seguir sonriendo, días en los que sus abrazos alejaban el miedo, noches en las
que sus caricias le daban vida a mi cuerpo. Siempre encontraba refugio en sus
ojos, era mi rincón favorito. Esa era mi eternidad, contemplarlo, sentirlo,
vivirlo, amarlo.
Los días
pesaban, detrás de una sonrisa se empezó a esconder la rutina, la desgana. Los
días se volvieron grises, oscuros, y las noches no eran más que lamentos,
lágrimas, gritos silenciosos.
Alguna vez le
dije que lo iba amar hasta que me doliera todo, aquí me encuentro, medio rota,
con un dolor en el alma, con unos ojos llenos de nostalgia, con unas manos
llenas de ausencia, con unos labios llenos de silencio. Colgando de una ilusa
esperanza, esperando y desesperando.
Nunca he
dejado de saber qué hacer, mi problema siempre fue cómo hacer.
Cómo quitarme
esta opresión en el pecho, cómo dejar de sentirlo en cada esquina, en cada
noche en la que cuatro paredes me abren la memoria, me desgarran, me dejan
sola, al frente de promesas que ya no se podrán cumplir.
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